Sobre Mi

DESPENSA DEL SUMILLER


Este blog es el fruto de muchos años de dedicación a mi gran pasión, el vino y la gastronomía. Tanto mi formación inicial como mi trayectoria profesional han estado centradas en otros ámbitos, pero desde hace años estoy embarcado en una formación más profunda y constante del emocionante mundo de la Sumilleria y la gastronomía.


Mi gran interés por la formación unido a la lectura para aprender a analizar todo lo relacionado con la Sumilleria, me llevan a entender que características marcan la diferencia de cada producto que cato. Todo esto unido a mis conocimientos con la fonación de Sumiller profesional unido a un Master en viticultura y enología por la cámara de comercio de Malaga, Experto universitario en gestión y difusión del patrimonio entorno al vino, por la Universidad de Malaga y Nivel 2 Wine & Spirit Education Trust, ademas de que Actualmente estoy estudiando la cualificación de nivel 3, título indispensable y obligatorio para continuar estudiando en la misma organización y acceder al Master of Wine.

Todo esto me ha motivado a realizar viajes enológicos para conocer prestigiosos viñedos de Europa y grandes zonas enológicas, tanto históricas como emergentes, que elaboran aquellos vinos que más me han emocionado. En concreto, mi pasión por los grandes vinos históricos me ha llevado a ser Formador Homologado del Marco de Jerez, Formador homologado en Cava, Tecnico especialista en vinos y vinagres de Montilla-Moriles,


lunes, 4 de noviembre de 2013

HISTORIA DE LOS VINOS DE MONTILLA-MORILES

Historia
Orígenes
Lagar egipcio
El origen de la viña es remoto. Se sabe que existía en el Terciario y que durante las glaciaciones la planta subsistió refugiada en algunos cálidos valles de la región comprendida entre el Himalaya y el Cáucaso. Desde allí, cuando las temperaturas se su avizaron, viajó hacia Europa, propagándose por ambas costas mediteráneas. Algunos autores afirman que su cultivo comenzó en el Transcáucaso, por tierras de las actuales Georgia y Arzebaiyán. Allí, hace miles de años, existía el vocablo voino del que pudo derivar nuestra palabra vino.
En la tumba de un faraón muerto hace unos 4.000 años, 
apareció la estatuilla de un esclavo sirviéndole vino para
 hacer más grato su último viaje.
Lagar ibérico
Lo cierto y verdadero es que el vino nunca ha sido un producto agrícola vulgar. Buena prueba de ello es que su degustación se divinizó en todas las culturas e introdujo, por la puerta grande, en sus ritos religiosos. Desde Shiva -que según Alain Daniélou fue adorado incluso en la Europa atlántica- hasta el cristianismo, pasando por la larga lista de Osiris, Dionisos, Baco y otros dioses más lejanos, el vino ha ocupado siempre un lugar destacado en la mitología, en la taumaturgia y la cotidianidad del hombre.
El sur español ha sido siempre cerealista, oleícola y vinatero. Sin contar con envases idóneos no podía almacenarse ni el aceite ni el vino y, en este último caso, ni siquiera podía fermentarse el zumo de la uva. Se sabe que la alfarería cordobesa data del Neolítico y que a finales de este periodo, en el III milenio, comenzó tímidamente la metalurgia. Puede asegurarse, por tanto, que Andalucía ha contado desde los tiempos más remotos, con innumerables hornosque no solo cocían el barro; también fundían metales, cobre, estaño, plata, oro, que los artesanos convertían luego en diversos útiles y vasijas.

Época romana
Cuenta Plinio que los habitantes de la Bética empleaban la resina para aromatizar y conservar los vinos -práctica enológica todavía utilizada en Grecia, donde la savia de pino se ha usado desde tiempo inmemorial- y cuenta también el historiador latino que los reyes tartesos de la dinastía de los Argantonio guardaban sus vinos en toneles de plata.
Está demostrada, por restos arqueológicos, la fundación íbera de Montilla
 y la antigüedad allí del cultivo de la vid.
Terracota de vendimiador,
anterior a la era cristiana
Cuenta Plinio que los habitantes de la Bética empleaban la resina para aromatizar y conservar los vinos -práctica enológica todavía utilizada en Grecia, donde la savia de pino se ha usado desde tiempo inmemorial- y cuenta también el historiador latino que los reyes tartesos de la dinastía de los Argantonio guardaban sus vinos en toneles de plata.
Está demostrada, por restos arqueológicos, la fundación íbera de Montilla y la antigüedad allí del cultivo de la vid. Tan así es que, recientemente, han aparecido unas pepitas de uva, de viníferas, en las excavaciones que se están realizando en el castillo. Según los expertos datan del siglo VIII o IX a C. Abundando en lo dicho, José Ponferrada da fe de la aparición, en una finca propiedad del Conde de la Cortina, situada en el famoso pago de Riofrío de la Sierra de Montilla, de una antiquísima terracota que representa a un vendimiador, resto arqueológico cuyo origen es anterior a la era cristiana. Estos hallazgos son frecuentes en la mayoría de los pueblos que hoy integran la denominación de origen, abundando en las proximidades de Montemayor. El pretor Lucio Marcio entró en Córdoba unos doscientos años antes de nuestra Era y, cómo no, debió beber en abundancia el vino de la tierra. Satisfecho, luego lo llevaría a Roma, iniciándose así uncomercio que duraría siglos.
En este sentido, Pauline & Sheidon Wasserman en su Guide to Fortified Wines (página 125-IV): "By the third and second centuries B.C., when Spain - or Iberia- was part of the Roman Empire, the wines of this region were well know." ("Al llegar el siglo II a. de C., cuando España llegó a formar parte del imperio romano, los vinos de esta región eran bien conocidos").
Las vides debían cultivarse en las estribaciones de la Sierra para
 abastecer a sus cada vez más numerosos habitantes, sobre todo a partir
 de la llegada del General Claudio Marcelo (169 a. C.) y, posteriormente, 
al ser designada Córdoba Colonia Patricia y capital de la Bética.
Ánforas romanas
Hace 2.000 años, la Bética era la primera productora de vino y aceite de aquél mundo, productos que exportaba en ánforas, bajo severos controles aduaneros, a Roma y al resto de Europa. Entonces, no sólo se cultivaba la variedad de uva llamada Cocolobis, citada por Plinio: una inscripción del Corpus de Hübner hace referencia a la plantación en la Bética de cepas procedentes de Falerno. Al respecto, habla Thouvenot de dos armadores narbonenses, a los que llama mercatores cordubensis, que se dedicaban, Guadalquivir abajo, a la exportación de aceites y caldos cordobeses a todo el Imperio.
Mosaico de Baco
En el actual Alcázar de los Reyes Cristianos se ubicaba la aduana desde la que partía, documentada, la deliciosa mercancía que era traspasada a barcos de mayor registro en aguas más profundas, probablemente en las proximidades de Sevilla. Llevarlas a lomos de caballerías o en carreta sería económicamente prohibitivo. Valga la anécdota.
Puede afirmarse, como sugiere José Ponferrada, que Séneca abastecía su casa romana, entre otros, con vinos procedentes de sus viñedos de Montilla. Dan fe de lo dicho los restos de cerámica cordobesa encontrados en el conocido Monte Testaccio de Roma que, en su primitiva forma, sirvieron para llevar hasta la capital del imperio el aceite y el vino. No debe olvidarse que en el exterior de algunas vasijas, grabado en el barro, aún puede leerse el nombre del expedidor, del destinatario y su contenido.
En el ámbito artístico, durante los siglos de dominación romana, en toda la Bética, y especialmente en Córdoba, colonia patricia, capital y cabeza de la Hispania Ulterior, los escultores y decoradores utilizaron frecuentemente en sus obras motivos relacionados con la vid y el vino. El mosaico reproducido en esta página, encontrado en la calle de la Bodega en el año 1929, da fe de lo dicho.

Dominación árabe
Durante la dominación árabe, aunque parezca extraño al lector, el vino brilló con todo su esplendor y fue musa poética y literaria.
Bodegas Carbonell
Sánchez Albornoz, en sus Ensayos sobre historia de España, así lo afirma: "El fruto de la uva placía por igual al pueblo y a los magnates, era gustado con placer por califas y príncipes, lo cantaban sin misterio los poetas, embriagaba por doquier, incluso en el alcázar califal, a quienes lo frecuentaban con exceso, y hasta conseguía mover a benevolencia a los jueces o cadíes, encargados de condenar a los borrachos”.
No puede olvidarse que la gran mayoría de la población seguía siendo puramente andaluza, cordobesa en nuestro caso, y que sus costumbres y tradiciones nunca fueron suplantadas aunque, en ocasiones, tuviesen que recurrir a argucias como la fatua, especie de bula que debían adquirir los creyentes musulmanes para poder beber, sin pecar, el vino que los médicos les recetaban como medicamento, hecho más que frecuente dadas las probadas virtudes terapéuticas que tienen los caldos cordobeses para combatir las enfermedades del cuerpo y del espíritu. Pero los abusos debían ser frecuentes. Por ello, el califa Abubéker fijó un severo y cruel castigo para los que transgredían la ley coránica en materia tan fácil de detectar como lo es el consumo del vino.
Ochenta azotes caían, o debían caer, sobre la espalda de los transgresores cogidos in fraganti pero, es cierto que antes de morir, entendiendo que la pena era desproporcionada, manifestó públicamente su repulsa a tan bárbara disciplina.
El cadí cordobés Umar ben Umar dictó normas 
de moderación para evitar que la ley tuviese que ser
 aplicada: "que el vino no se beba la razón del que lo bebe".
En el zoco hispalense se realizaban transacciones de todo tipo de productos agrícolas, de igual manera que la administración califal de Alhaken I, en Córdoba, controlaba el mercado de vinos.

Bodegas Moreno
Mal se debieron poner las cosas cuando, más tarde, Alhaken II ordenó arrancar dos tercios del viñedo cordobés, allá por el año 966, gritando al pueblo: "ven a rezar borracho". Lo arrancado se repuso y alguna parcela volvió a ser arrasada, la última vez por Boabdil, en 1483, que atacó los viñedos de los ruedos de Montilla como si de guerreros de las huestes de Gonzalo Fernández de Córdoba se trataran.

Sin embargo, como decía Cervantes, el moro tenía gran predilección por las pasas; quizá por este motivo gastronómico, y esperando una rectificación religiosa que aboliera la ley seca, los musulmanes no descuajaron todos los viñedos.
Mientras los poetas arábigo-andaluces dedicaban al vino sus más deliciosos versos, los agricultores e investigadores debieron mejorar su calidad estudiando la manera ideal de cultivar las viñas y de elaborar y envejecer sus caldos, estudios que quedaron plasmados en diversas enciclopedias.

Poema de Abén Guzmán, evocando a Anacreonte:
"cuando muera, estas son mis instrucciones para el entierro:
dormiré con una viña entre los párpados;
que me envuelvan entre sus hojas como mortaja
y me pongan en la cabeza un turbante de pámpanos"
(Zéjel XC)

La Reconquista
Fernando III entró en Córdoba en 1236. Volvieron, después de casi cinco siglos de ausencia, los ejércitos cristianos. Capituló la ciudad y los sitiadores se adueñaron de los bienes de sus habitantes mediante reparticiones, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades y territorios ganados mediante pactos en los que solamente se entregaban a los vencedores los bienes de los musulmanes que habían abandonado la ciudad. El mismo año comenzó la distribución de las propiedades de los reales vasallos, primero las urbanas y después las agrícolas. Las viñas llegaban hasta las puertas de la ciudad y se extendían por la vega del Guadalquivir, subiendo por las laderas hacia Santa María de Trassierra.
San Fernando entró en Montilla en Agosto de 1237, localidad que a partir de 1257 pasó a depender de Gonzalo Yáñez Dovinal, señor de la villa y del castillo de Aguilar de la Frontera, población de la que segregó su término municipal en 1375 ya en poder de los Fernández de Córdoba, antecesores del que luego sería insigne soldado, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.
Sierra de Montilla
Las viñas de Montilla y Aguilar de la Frontera, la otrora llamada Poley, corrieron la misma suerte que las cordobesas: el reparto entre los caballeros, hecho que más adelante sucedió en Cabra, Lucena y en las villas que se iban conquistando en el lento caminar cristiano hacia Granada. Lucena, La Rambla, Montalbán, Montemayor, Puente Genil, como la mayoría de las poblaciones de la Campiña Sur, fueron reconquistadas por Fernando III durante su segunda estancia en Córdoba, en los años 1240 y 1241. La tartésica Cabra, poco antes, en 1237.
En todas las poblaciones había viñedos y lagares; los numerosos restos aparecidos así lo confirman. El vino se consumía abundantemente en la Córdoba medieval y no solía faltar en la mesa.
Años después anduvo por estas tierras Jorge Manrique, poeta y soldado, conocido por sus coplas de pie quebrado, que dejó como recuerdo estos versos dedicados a los ricos vinos de Luque:
Versos de Jorge Manrique
"Santo Luque, yo te pido
que ruegues a Dios por mí;
y no pongas en olvido
de me dar vino de ti."
A partir del XVI las citas literarias de los vinos cordobeses son extensas. Los grandes autores del Siglo de Oro hablan con frecuencia de los buenos vinos que, en ocasiones, fueron protagonistas de hechos singulares. Lo que años después escribiera Lord Byron puede aplicarse a los eximios literatos de esa época española en la que las letras, y todas las artes, brillaron de manera irrepetible: "Nadie puede estudiar la historia del decimoctavo siglo inglés sin asombrarse del lugar verdaderamente inmenso que ocupaba el vino en la historia espiritual de la juventud".

Los Siglos XVII y XVIII
Los caldos de Lucena (¿blancos o tintos?) eran enormemente conocidos en el siglo XVII. Miguel Herrero-García (La vida española en el siglo XVII) escribe que por aquellos años "en la demarcación de Córdoba había tres vinos renombrados, entre los que levantaba cabeza el de Lucena, una carga de la cual podía servir muy bien para regalo de la Reina de España como consta en los Avisos de Barrionuevo". Añadiremos que Felipe IV tenía en Madrid un proveedor oficial de vino lucentino llamado Apoloni, dueño de "La Taberna de los 100 vinos".
Bodegas Torres Burgos
No olvidemos que en 1665 se vendía vino de Lucena en las trescientas, tal como suena, trescientas tabernas de Cádiz -Archivo Hispalense, mayo y junio de 1963- En el mesón de Juan Velasco, en Madrid, en 1686, costaba una arroba treinta y cuatro reales, de las cuales 12 eran de portes y doce de impuestos. Así no se podía exportar a pesar de que"resisten los mares para conducirlos a reinos extraños".
En el siglo XVIII se asientan las bases de una buena parte de la vitivinicultura contemporánea de Andalucía Occidental.
Mientras la mayor parte de las bodegas andaluzas, especialmente las situadas en Jaén, Granada, Almería y Málaga, continuaban elaborando sus vinos con los métodos tradicionales, un nuevo sistema se implanta en las provincias occidentales. Nacen las criaderas y soleras que vienen a introducir un nuevo concepto en el envejecimiento de los vinos generosos.
Bodegas Toro Albalá
La añada desaparece, se pretende obtener, y sobradamente se consigue, una calidad constante, un tipo homogéneo de vino. Es más que probable que el descubrimiento fue casual. Alguien, por necesidad de espacio, pondría un barril encima de otro e iría rellenando el de abajo con vino del que estaba arriba. Visto los buenos resultados, el procedimiento fue adoptado por el resto de las bodegas de vinos generosos.
Se empieza a hablar de los finos y de los amontillados, vinos finos muy hechos al estilo de Montilla. Comenta Paz Ivison en su amena obra “Los vinos”, Uso y protocolo, que el Conde de la Cortina comenzó a enviar este tipo de vino a Jerez hacia mediados del siglo por el que ahora historiamos, y que tanto gustó a los bodegueros jerezanos que comenzaron a producirlo siguiendo el sistema cordobés. Puede ser cierta la historia. Permítaseme añadir que, para el autor de este texto, el amontillado es el indiscutible rey de los vinos generosos.
La magna obra catastral realizada por el marqués de la Ensenada aporta interesantes datos de la viticultura andaluza existente a mediados del siglo XVIII. En la provincia de Córdoba las cosas no están claras. Montilla aparece con solo 600 fanegas de viñas, desconociéndose si se refiere exclusivamente a su término individual o incluye también el general y proindiviso que esta ciudad mantenía con Aguilar, Puente Genil, Montalbán y Monturque. Los diezmos recogen, en 1749, una cosecha de 30.300 arrobas, la mitad que en 1610, año en que la expulsión de los moriscos privó a las vides montillanas de una importantísima mano de obra.
Criaderas y Soleras
Los datos del famoso Catastro no cuadran con la descripción que Madoz hace de Montilla en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. "…en un ameno valle, y campiña fertilísima, especialmente en vino generoso y afamado…", o con otra, de autor anónimo, que viene a afirmar lo mismo: "…La ciudad de Montilla está situada a seis leguas de Córdoba, una de Aguilar y cuatro de Lucena... Es su terreno de los más fértiles y abundantes en la producción de trigo, semillas, aceites, pastos, caza y frutos, especialmente el vino, cuyo licor es exquisito y mejor de Andalucía, a la cuál abastece de él muy cumplidamente, siendo su abundancia increíble de lo que provienen los muchos caudales de esta nombrada ciudad, y que sus moradores tengan que ejercitarse en multitud de viñas y lagares…"

A partir del Siglo XIX
Grabado de Montilla
Numerosos escritores han plasmado en sus obras las excelencias de los vinos de nuestra zona. En la literatura internacional, podemos encontrar gran cantidad de referencias que corroboran este hecho.
Andalucía ha despertado desde las épocas más remotas el interés de los foráneos. Se sabe que desde hace más de tres mil años han venido desembarcando en las costas béticas navegantes procedentes de países lejanos que trasladaron a sus escritos las impresiones que les habían causado un pueblo y una tierra singulares. Caminando hacia el centro de la región atravesaban la fértil campiña y llegaban a la milenaria Córdoba, capital de aquella Turdetania, tan poco estudiada, y que brilló de tal forma que, con Tartesos, fue cuna de leyendas mitológicas en cuyas tierras tuvieron lugar las más grandes hazañas protagonizadas por personajes sin igual.
Autores latinos, cristianos y árabes hablan concretamente de los vinos cordobeses, pero no es hasta bien entrada la Edad Media cuando las citas se multiplican.
El príncipe florentino Cosme III de Médicis, geógrafo e historiador, subiendo desde Málaga, llegó a Lucena. En su Viaje por España y Portugal (1668-1669) dice: "La mayor riqueza de Lucena es el aceite y el vino, el uno y el otro de los más famosos de España; de aceites se harán 400.000 arrobas, y 600.000 de vino".
Dibujo de Montilla
Acompañaba al príncipe, a modo de fotógrafo, el eximio pintor Pier María Baldi, quien, como recuerdo, dejó una excelente acuarela de Lucena y otra de Montilla que se conservan en laBiblioteca Laurenciana de Florencia.
Por esta época (1680), el embajador Muley Ismail describió así los alrededores de Córdoba: "fuera de la ciudad de Córdoba se ven un número incalculable de huertos, de jardines y toda clase de viñedos". Más tarde, en el año 1775, el religioso milanés Norberto Caimo recorrió la tierra de María Santísima y aunque "no bebiendo ordinariamente más que agua" citó en sus obras todos los puntales vínicos andaluces "del vino de Cádiz, de Jerez, de Málaga, de Cazalla, de Montilla y Lucena, en Andalucía... todos tan propios para ser transportados de un mundo al otro, que en el transporte adquieren más bien la fuerza que la pierden".
Bodega Garcilaso
Los viajeros europeos pasaron por Córdoba y por los pueblos más importantes de la campiña sur buscando sus afamados caldos. El Barón Bourgeing comenta de Montilla: " produce un excelente vino generoso, muy seco, poco conocido fuera de España, pero muy apreciado por los entendidos".
Prosper Mérimée fue otro admirador de los caldos montillanos. En los alrededores del pueblo ambientó el primer capítulo de su inmortal Carmen. Hablaba el protagonista de esta obra con el mítico José María el Tempranillo, que vivió bastante tiempo en el actual lagar de Las Amazonas, propiedad de la familia Velázquez Vilaplana, sito en lo más alto de la Sierra de Montilla. Desde allí otearía el horizonte para prevenir la llegada de sus enemigos. En la cuadra, que aún se conserva, siempre tenía su cabalgadura dispuesta para escapar a galope. Ya lo decía la copla:
"José María el Tempranillo
no será preso,
mientras su jaca torda
tenga pescuezo."
Otro admirador de los caldos cordobeses fue Edgar Allan Poe. Fallecido en un ataque de delirium tremens a la temprana edad de 37 años, el genial escritor pudo pasar en su época por un excelente connaisseur dada su desmedida afición a la bebida, especialmente a los destilados, lo que sin duda le acarreó la muerte.
Copa de amontillado
No hay duda que aprovechó su estancia en el viejo continente para conocer sus vinos. Debió sorprenderle la calidad y singularidad del amontillado hasta tal extremo que bautizó con su nombre una de sus Historias extraordinarias: “La barrica de Amontillado”.
El amontillado es el rey de los vinos generosos. Ninguno tan completo. No extraña, por tanto, que Poe lo utilizara como cebo para atraer al infortunado catador italiano hasta una antigua catacumba usada como bodega. Cabe considerar también que quizá, Poe conociera el amontillado a través de los escritos de Richard Ford sobre las costumbres, gastronomía y vinos españoles. El escritor inglés, enamorado de Andalucía, en su obra Comidas y Vinos de España dice lo siguiente: "...el proceso químico de la naturaleza escapa a la investigación humana, y en ninguno más que en la elaboración de ese lusus naturae vel Bacchi, esa variedad de aroma que se conoce como amontillado; nombre que se le da por la semejanza que este vino tiene con el que se hace en Montilla, pueblo cercano a Córdoba; con la particularidad de que este último punto apenas es conocido en Inglaterra y muy poco en España".
Hugh Jhonson (El Vino) tampoco se quedó corto: "Su atractivo especial radica en su fuerza natural, muy alta"... "tienen sobre la mayoría de los vinos de Jerez la ventaja de ser precisamente los vinos que más evocan al sur de España". Y en otro párrafo:"Al no estar encabezado, el Montilla llega a los mercados conservando su auténtico carácter con mayor pureza que los vinos jerezanos comercializados... Ahora bien, es menester tratarlo como un vino blanco, enfriándolo y apurando la botella enseguida".
"Lo ideal sería descorchar la botella con el aperitivo y terminarla con los entremeses o la entrada de ahumados. Ningún vino acompaña mejor un almuerzo veraniego". Sabias consideraciones y sabios consejos.
Bodegas Campos
El nuevo gran libro del vino, de Pierre Andrien y otros autores, enciclopédica obra realizada bajo la dirección de Joseph Jobe, también dedica sabrosos párrafos a los vinos montillanos: "Tienen un color de oro verde pálido, son límpidos y transparentes. Su aroma, muy acentuado, y su sabor particular los distinguen de los jerez que llevan los mismos nombres. Son ligeros y secos y tienen un sabor delicado de almendra amarga. Los moriles tienen un sabor que recuerda la avellana, lo que les diferencia de los otros vinos andaluces".
No queremos cansar más al lector con citas de autores de allende nuestras fronteras, que con lo dicho queda más que demostrado el prestigio internacional de los vinos de Montilla-Moriles.

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